lunes, 14 de abril de 2008

NATURALEZA EN TORRES DE LA ALAMEDA

INTRODUCCIÓN

En los últimos años el turismo rural está teniendo un gran auge en nuestro país. Prácticamente todas las comarcas de la geografía nacional ofrecen alguna posibilidad para el ocio a las personas que buscan tranquilidad y nuevos valores. Ocio que esperan encontrar en el mundo rural.

Para satisfacer la curiosidad de los posibles visitantes lo más inmediato es ofrecer información sobre dónde, cómo y qué se puede ver en la zona. Son cuestiones elementales que el material divulgativo debe satisfacer.

El municipio de Torres de la Alameda está ubicado al este de la Comunidad de Madrid, al Sur del Corredor Madrid- Guadalajara, en la confluencia de los arroyos Pantueña y Anchuelo. La presente Guía trata de difundir los valores naturales de una de las zonas más características que se encuentra situada al sur del municipio y delimitada por los montes aledaños a la colada de Alcalá a Torres, el barranco del Monte Bajo y el camino del Monte Alto.

Se pretende con ello que el lector se acerque al conocimiento de la flora y la fauna de Torres. Al ser imposible incluir una relación completa de todas las plantas y animales del área, en este documento se presentan sólo, aquellos que consideramos representativos del ecosistema mediterráneo, así como aquellas especies animales y vegetales incluidas en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres de la Comunidad.

La variabilidad de relieves, de formaciones vegetales y por tanto de paisajes, da a este pequeño territorio una gran importancia ecológica que representa perfectamente el ecosistema mediterráneo.
EL MEDIO FÍSICO: GEOLOGÍA, CLIMA, RELIEVE

Los montes que configuran el relieve de la zona de estudio están formados por rocas sedimentarias miocénicas que contienen una serie de materiales muy diversos: calizas, conglomerados cuarcíticos, arcillas , margas yesíferas y yesos.

La acción de los agentes meteorológicos sobre estos materiales son los responsables de la geomorfología en barrancas, laderas y escarpes.

La aparición de depósitos de pie de talud en zonas cercanas al valle de Pantueña y constituidos por materiales finos con presencia de algunos bloques de caliza, yesos y sílex favorecen por su relieve más suave la utilización para el cultivo.

Pero son los materiales arcillosos los que en la zona conforman el relieve dominante definido por una profusión de barrancos y cárcavas. Arcillas que, por sus características, han tenido un gran valor en la industria cerámica.

Al pie de los páramos calizos, en los cerros, se diferencian un conjunto de materiales que van desde las arcillas pardo rojizas a las margas yesíferas y yesos de aspecto lenticular, que afloran entre el material margoso o arcilloso.

Cabe destacar los afloramientos de calizas dolomíticas afectadas por procesos de Karstificación-disolución y que constituyen la superficie de los páramos.

Son materiales generados por sedimentación de ambientes lacustres en el mioceno.

En general, estos materiales reseñados favorecen la presencia de vegetación basófila como la coscoja. No obstante, existen otros afloramientos bajo las calizas de tipo conglomerado cuarcítico, que pueden presentar cantos en disposición irregular envueltos en una matriz arcillosa de tonalidad más o menos rojiza según la proporción de minerales férricos que existan. La aparición de vegetación acidófila como la jara pringosa y jara laurel es la respuesta a la existencia de estos componentes silíceos.

Así pues podemos subrayar que en un espacio pequeño, queda representada una gran gama de materiales geológicos combinados, resaltando, además de la del relieve, su peculiaridad cromática.





















LA VEGETACIÓN

Desde un punto de vista general resulta sencillo encontrar argumentos suficientes para escribir sobre la vegetación de Torres de la Alameda y resaltar sus valores paisajísticos. Basta contemplar a los diferentes caminantes durante sus frescos paseos otoñales y primaverales, en los agradables atardeceres estivales, e incluso en los soleados días que los fríos inviernos nos regalan; basta fijarse en los deportistas, senderistas o en otras personas más interesadas en actividades educativas, para darse cuenta de que todos ellos ven más o menos cumplidas sus expectativas dentro de este entorno.

Sin embargo, si se quiere describir más profundamente este paisaje vegetal, la aparente sencillez comentada anteriormente, se transforma en complejidad por diversas razones. Por una parte, porque son muchos y muy diferentes los factores y elementos involucrados en el mismo que condicionan, no sólo su formación sino también, la apariencia actual que presenta; y por otra, porque son numerosos los criterios que se pueden tener en cuenta a la hora de definirlo o caracterizarlo.

Son varios los aspectos que destacan dentro de este territorio. Así, lo primero que llama la atención es comprobar que una superficie tan reducida de unas 900 Ha pueda encerrar tanta diversidad. Diversidad por una parte biológica, que se manifiesta a través de las numerosas formaciones vegetales y la gran riqueza de especies de fauna y de flora presentes (han sido contabilizadas más de 400 especies de plantas), pero diversidad también en cuanto a unidades geomorfológicas y paisajísticas existentes.

Todo el conjunto se expresa con un complejo lenguaje caracterizado por un abanico de formas, colores y sonidos que ponen de manifiesto los distintos elementos que lo configuran. De este modo, la vegetación y sus variadas floraciones, los diferentes grupos animales y sus comportamientos, el relieve, los microclimas y la propia influencia humana a través de sus actividades, proporcionan, a lo largo de todo el año, un paraje singular de gran valor natural y ecológico que irá siendo apreciado y disfrutado con mayor plenitud por todo aquel que lo visite, siempre que se respeten las normas básicas del “saber estar” que impone la naturaleza.

La comprensión y descripción de la vegetación que nos encontramos, requiere la consideración de los factores geomorfológicos y climáticos implicados, así como de la influencia que el agua y las distintas actividades humanas han tenido en la fisonomía actual de este paraje natural y de sus ecosistemas.

En este escenario, las diferentes comunidades vegetales que se desarrollan en el territorio recogido por este documento, pueden describirse con cierto detalle atendiendo básicamente a distintas unidades funcionales que las configuran, esto es, las llanuras del pie de monte, las laderas, las zonas húmedas y el páramo.


Las llanuras del pie de monte

El pie de monte abarca la zona más baja del área estudiada y también la más próxima al casco urbano. Éste constituye su límite por el oeste, mientras que el cerro del “Monte Alto” lo es por el este. Los aledaños del arroyo Pantueña y el camino “Colada de Alcalá de Henares a Torres de la Alameda” completan sus límites norte y sur respectivamente.
Se corresponde con un relieve más o menos llano donde la monotonía se rompe por la presencia, a modo de islas, de algunas lomas o cerrillos de escasa entidad (Miralrío), de topografía suave y con una morfología llana en su parte superior. Aparece surcada por un sinuoso arroyo, estrecho, seco la mayor parte del año, pero importante como cuenca de recepción de la escorrentía procedente de los numerosos barrancos de las inmediaciones.

Desde el punto de vista de la vegetación, esta llanura se caracteriza por un paisaje eminentemente agrario dominado por cultivos agrícolas de secano. Se trata de formaciones vegetales herbáceas donde el cereal, por su extensión, juega el papel principal, ocupando, por el tipo de labores que requiere, las zonas más llanas del territorio.

Hay además cultivos de carácter arbóreo. Manchas de olivos y almendros, escasamente representados y en ocasiones algo abandonados, localizadas en lo alto de las lomas y laderas de suave pendiente y pequeño tamaño. El suelo aparece densamente cubierto por especies herbáceas graminoides y mezclado con ellas, un matorral propio de los encinares calizos degradados, la aulaga (Genista scorpius). La aliaga, como también se le denomina, es un arbusto enormemente espinoso cuyas numerosas flores amarillas, unidas a las no menos numerosas y blancas de los almendros, anuncian que el final del invierno está cerca.

Es precisamente en estas laderas arboladas donde, al inicio de la primavera y coincidiendo con el despertar de la vegetación, se puede contemplar alguna de las más bellas e inadvertidas escenas naturales de Torres de la Alameda. Dos de las aves más astutas pelean en un combate táctico. De un lado los críalos, unos “cucos” grandes recién llegados; del otro las permanentes urracas. Es una partida de ajedrez entre estrategas, si los críalos logran desconcertar y apartar a las urracas de su nido el tiempo suficiente para que la hembra ponga en él su único huevo, entonces habrán ganado la partida, sino, las vencedoras serán las urracas. Pero puede suceder que la partida dure mucho, o que haya otros contrincantes.

La vegetación natural queda relegada, comúnmente, a lugares nada o poco aptos para las prácticas agrícolas. En unos casos debido a las elevadas pendientes (taludes de lomas y caminos) y en otros, por tratarse de zonas poco idóneas para ello, como son los arroyos y bordes de caminos. Su dominio es prácticamente insignificante pero no por ello carente de interés.

Se trata, por lo general, de plantas características de comunidades nitrófilas, adaptadas a desarrollarse con facilidad en lugares con exceso de nutrientes (abonos) procedente de los cultivos agrarios. Muchas de ellas son además ruderales o arvenses, creciendo en bordes de caminos, pegadas al suelo y soportando el pisoteo. Dentro de este grupo, junto a especies de desarrollo anual, las hay bianuales y también perennes. Aunque abundan las gramíneas con sus espigas, también lo hacen muchas otras familias botánicas. Mientras unas son herbáceas, otras, en menor proporción, son matorrales.

Las margaritas crecen entre amapolas y salvias; las alfalfas y sus flores moradas contrastan con los amarillos anteojos de Santa Lucía que constituyen un apetitoso bocado para orugas de importantes mariposas. Una mata, el sisallo, con unos tallos rojizos y otros amarillentos, reivindica entretanto su hueco en medio de fumarias rosas. En verano, el cardo yesquero con sus floridas bolas moradas le guiña un ojo a las malvas, a las lechugas silvestres y al hinojo. Las espigas se enganchan en los calcetines y después algunos cardos alargan sus flores hasta el otoño.
El arroyuelo que surca el llano constituye un mundo aparte. Denota la existencia de mayor humedad y por ello la vegetación es diferente. Representantes arbóreos escasos, arbustos, y herbáceas de ambientes húmedos, se disponen por sus bordes o en su interior como intuyendo lo que puede pasar si colonizan la llanura. En ésta, oteándola, encontramos el único taray existente que junto con la “harmala” de flores blancas y el sisallo, presentes en los bordes de caminos, nos manifiesta la existencia de sales en los suelos de la zona.

El quejigo es el otro representante arbóreo presente en el cauce. Algunos ejemplares dispersos y como el taray, de aspecto más bien arbustivo, sobresalen en su interior dando un cierto matiz a este ambiente cerealista.

Entre los arbustos destacan las retamas, Retama sphaerocarpa, más elevadas y ramosas y con numerosas flores amarillentas, y las espinosas aulagas, más bajas, llamativas por florecer al final del invierno. Ambos matorrales aparecen casi alineados a lo largo del arroyuelo, en sus márgenes, mientras los romeros prefieren el fondo y las paredes. Determinadas aves, como trigueros o tarabillas comunes, los utilizan como improvisadas atalayas desde las que otean el panorama.

Las herbáceas son las especies más numerosas y abundantes, distinguiéndose bien las más nitrófilas, situadas en los bordes del arroyo, de las del interior, más propias de ambientes húmedos.






Especies representativas

Hinojo (Foeniculum vulgare Miller.) (Umbelíferas)
Herbácea aromática, bianual o perenne, de hasta 2 m. Glauca, de tallos huecos algo estriados. Hojas grandes muy divididas, con lóbulos filiformes. Flores amarillas en umbelas planas terminales. Frutos en aquenios, pequeños y ovoideos, de 4 mm, con costillas, verde amarillentos. Al frotarla despide un intenso aroma a anís.

Anteojos de Santa Lucía (Biscutella auriculata L.) (Crucíferas)
Herbácea anual. Hojas en roseta basal, alargadas y onduladas; otras espaciadas por el tallo, sésiles y ensanchadas en su base. Flores amarillas en racimo terminal, con 4 pétalos libres y con 2 de los 4 sépalos formando unas bolsitas en la base. Fruto con la forma de unos anteojos aplastados.

Aliaga, Aulaga (Genista scorpius (L.) DC.) (Leguminosas)
Arbusto ramificado espinoso-punzante, de hasta 1 m. Tallos con 8 costillas longitudinales. Hojas simples inconspicuas de 3-12 mm, haz lampiño y envés peloso. Flores amariposadas amarillo vivo, en haces sobre las espinas. Legumbre de 4 cm, lampiña, comprimida, parda.

Retama de bolas (Retama sphaerocarpa (L.) Boiss.) (Leguminosas)
Arbusto de 1-2 m muy ramificado. Ramas estriadas y ramillas gris-verdoso plateadas. Hojas pequeñas prontamente caedizas. Flores amarillas amariposadas, pequeñas y numerosas, en racimos laterales. Legumbre globosa de color pajizo, lisa, con una semilla suelta que actúa como una maraca cuando se agitan las ramas.

Cardo yesquero (Echinops strigosus L.) (Compuestas)
Herbácea anual erecta, espinosa, áspera, grisácea. Hojas 2-3 veces divididas en estrechos segmentos enrollados de punta espinosa. Capítulos azules globulares, de 4-8 cm de diámetro. Brácteas involucrales muy desiguales.

Criadillas de ratón (Mercurialis tomentosa L.) (Euforbiáceas)
Herbácea perenne de hasta 60 cm, ramosa, densamente blanco-lanosa. Hojas oblongas de hasta alrededor de 3 cm. Flores verdosas con llamativos estambres amarillos. Frutos tomentosos.

Las laderas

Las laderas son, sin lugar a dudas, las verdaderas protagonistas de este paisaje vegetal de torres de la Alameda, no ya tanto por sus características físicas, que también son considerables, sino sobretodo, por sus valores ambientales. Los factores físicos, sea cual sea su naturaleza, influyen de una manera tan decisiva, que configuran con todo lujo de detalles la vegetación que se desarrolla sobre ellas.

La vegetación asociada a esta unidad funcional constituida por las laderas, con los oportunos matices referidos a la acción que los diferentes factores ambientales ejercen para cada situación concreta, es en general de carácter esclerófilo y perennifolio, y se corresponde, por antonomasia, con el buque insignia de los ecosistemas mediterráneos, esto es, el encinar y sus, en ocasiones caprichosas etapas seriales o degradativas.

Si bien no es posible encontrar hoy en día en Torres de la Alameda una formación de encinar cuyo principal protagonista sea precisamente la encina, sí que aparecen éstas como parte integrante de alguna de sus primeras y más características etapas de sustitución, su pariente el coscojar, al que le ceden, dicho en lenguaje literario, los derechos de autor.
En situaciones puntuales o en áreas localizadas, se trataría, mas que de formaciones definidas, de fases de transición entre ambas comunidades vegetales, como queriendo reivindicar la imagen de lo que un día fue, verdaderamente, un noble y maltratado encinar mediterráneo.

El coscojar propiamente dicho, es el componente principal de nuestras laderas de Torres y se caracteriza esencialmente por las numerosas variantes y vicisitudes que presenta.

La coscoja, Quercus coccifera, es la especie que constituye el máximo exponente de esta formación. Pese a que en condiciones ideales puede llegar a presentarse con una apariencia netamente arbórea, en nuestro caso se trata de un arbusto de no más de 3 metros de altura y de aspecto rechoncho o achaparrado, con brillantes hojas siempre verdes, y relativamente pequeñas y pinchudas.

En laderas con orientaciones nortes, el coscojar aparece como una formación muy densa, tanto, que resulta prácticamente imposible caminar dentro de ella, circunstancia ésta que es aprovechada óptimamente (ya sea como refugio, ya como lugar de cría) por numerosas especies animales de carácter más o menos huidizo.

Entre las numerosas y enmarañadas coscojas, se presentan, intercalados aquí y allí, ejemplares de encina, y aunque algo menos marcado que para la especie anterior, de aspecto igualmente arbustivo y achaparrado, restos del antiguo encinar mediterráneo. La encina se diferencia de la coscoja por el aspecto externo de sus hojas, menos brillantes, algo más grandes y menos pinchudas, y con un color verde más oscuro por el haz y blanquecino por el envés.

Asoman también, entre las coscojas, unos árboles de porte mayor, más espigados, con hojas que recuerdan a las de las especies anteriores pero que han perdido, al menos en parte, su carácter perenne. Se trata de los quejigos, de hojas marcescentes (se secan en la época desfavorable, pero se mantienen en las ramas hasta que se desarrollan las nuevas en la primavera siguiente). Esta cualidad va asociada a sus requerimientos hídricos, de allí que los encontremos en pequeñas cárcavas o zonas que recogen algo más de humedad.

Dejando al margen estas especies que pueden llegar a constituir bajo determinadas circunstancias, un verdadero estrato arbóreo, nos encontramos, en estos coscojares de laderas nortes, aunque no exclusivo de ellos, con un variado sotobosque. Está formado por un rico elenco de especies herbáceas y verdaderos arbustos o matorrales, característicos de los ecosistemas mediterráneos.

Quizás, una de las más representativas por el valor ecológico que presenta, sea un matorral de las leguminosas, el espantalobos (Colutea arborescens), fácilmente distinguible en primavera por sus vistosas flores amarillas con venas rojizas y sus frutos pardo-rojizos inflados a modo de vejigas, en cuyo interior se encuentran las semillas. Cuando se agitan sus ramas, el sonido se asemeja al de una serpiente de cascabel, de modo que se ha utilizado en la antigüedad para espantar a los lobos.

Pero si por algo es interesante esta especie, además de por su vistosidad, es por su valor ecológico. Constituye la única planta nutricia para las larvas de una mariposa diurna, Iolana iolas, considerada como un indicador ambiental o de salud del ecosistema, y que está catalogada como sensible a la alteración de su hábitat por la legislación ambiental de la Comunidad de Madrid.

Allí donde este coscojar se abre un poco, ya sea porque estructuralmente no se permite una mayor densidad debido a la existencia de pendientes más acusadas, o por tratarse de zonas que manifiestan una marcada influencia antrópica, nos aparecen especies que requieren unas condiciones más soleadas y térmicas. Este es el caso, entre otros, de la zamarrilla lanuda y de los jopillos de seda montés (Staehelina dubia), un pequeño arbustito de hojas delgadas y oscuras, de numerosas y alargadas flores de color rosa claro al que se le llama también “hierba pincel” por el aspecto que presentan éstas al secarse.

Los romeros y tomillos, con bonitas y diminutas, pero abundantes flores rosadas o moradas, contrastan gratamente con el amarillo de los espantalobos. Se hallan ocupando fundamentalmente los bordes de los caminos y partes bajas de las laderas, donde también está presente un representante de los encinares y matorrales mediterráneos, el torvisco, una mata erguida de hasta 1,5 metros, ramosa desde la base, con hojas abundantes, agudas, y característicos frutos anaranjados.

Si hay algún otro grupo de plantas que merece la pena ser reseñado de forma especial, éste es el de las jaras y las jarillas. Pertenecen a una misma familia botánica, las Cistáceas y se caracterizan por sus vistosas y nutridas flores. Las de las jaras son blancas o rosadas y grandes; las de las jarillas (género Helianthemum) son más pequeñas y con predominio del color amarillo. Pero todas colaboran, en la medida que les corresponde, para conseguir que la primavera alcance, en este lugar, una belleza espectacular.

En las partes bajas y al pie de las laderas se sitúa la jara de estepa, Cistus albidus, con sus características y grandes flores rosas de cinco pétalos caedizos. Se le llama también jara blanca o estepa blanca, por el aspecto externo de sus hojas, de un color verde claro y cubiertas por un denso tomento blanquecino. En las zonas altas soleadas y algo más protegidas, casi en los límites del páramo, se coloca otra jara, el jaguarzo morisco (Cistus salvifolius) con grandes y numerosas flores blancas y sépalos y parte superior de las ramillas de aspecto rojizo.

Junto a éstas últimas citadas aparece, aunque escasamente representada, una especie típica de otras regiones mediterráneas más templadas y suaves y, por ello, poco frecuente tan al interior de la Península, salvo como en este caso, que se trate de ubicaciones más termófilas. Es la olivilla, Phillyrea angustifolia, un arbusto perennifolio, de unos 3 metros de altura, de hojas algo similares a las del olivo, y que es apetecido, como pasto, por la fauna silvestre.

Merece la pena destacar en Torres la existencia de laderas con características edáficas singulares. En ellas, la humedad es mayor y el protagonismo lo tiene la encina, máximo exponente del ecosistema mediterráneo peninsular. Aunque los ejemplares no suelen alcanzar el porte con el que acostumbramos a verlos en otras situaciones análogas, sí es cierto que algunos de ellos alcanzan la talla de un verdadero árbol. Las coscojas, junto a individuos aislados de quejigo, adquieren aquí un papel secundario.

El carácter ligeramente ácido de los suelos en estas laderas, consecuencia de un continuo proceso de erosión y lavado de los conglomerados cuarcíticos que constituyen el substrato de las mismas, condiciona la presencia de especies vegetales integrantes de comunidades propias de suelos silíceos y de ambientes por lo general algo más frescos y húmedos.

Entre las mismas cabe destacar dentro del grupo de las jaras, la jara pringosa, Cistus ladanifer, y la jara laurel, Cistus laurifolius, que con tanta frecuencia vemos, sobre suelos ácidos de la Sierra de Madrid, acompañando a la encina y al melojo respectivamente.

También interesante y con parecidos requerimientos, nos encontramos con el único representante de la familia de los brezos presente en este lugar, la gayuba, Arctostaphyllos uva-ursi. Es una mata rastrera y perennifolia, de hojas pequeñas, brillantes y de color verde oscuro, que resulta llamativa por su elevado poder tapizante y porque en el otoño, contrastan enormemente el característico color rojo de sus frutos y el brillante verde de sus hojas.

Por último, y dentro de todo este abanico de ambientes tan dispares, como queriendo sumarse a ellos, aparece el “quejigar”. Cuando a una situación de umbría, se le une una mayor humedad por la presencia de agua con carácter más o menos permanente, como sucede en el barranco de la Fuentecilla, nos encontramos con laderas más frescas, en donde el quejigo, más necesitado de estas condiciones, se desarrolla mejor, desplazando a la encina y, por supuesto, a la propia coscoja.

El quejigar que descubrimos aquí es poco extenso, pero importantísimo por el papel ecológico que desempeña. Se trata de una formación densa, de árboles altos; en conjunto, los más grandes de todo el territorio estudiado. De forma dispersa aparecen algunas encinas. Los quejigos son de aspecto larguilucho y desgarbado, pudiendo alcanzar fácilmente los 10-15 metros de altura en algunos casos. Su tronco y ramas aparecen vestidos por numerosos y variados líquenes, algunos de los cuales son utilizados como grupos indicadores de la calidad ambiental del aire. Sus hojas, de naturaleza semicaduca, dan muestra de sus especiales requerimientos, a caballo entre la vegetación riparia y la mediterránea por excelencia, de carácter perennifolio y esclerófilo. Constituyen el hábitat ideal de cría y refugio de numerosas aves y mamíferos, como el azor o el jabalí.

Un rasgo común a todas las especies vegetales que producen bellotas (género Quercus) es su gran facilidad para hibridar. De este modo, es frecuente encontrarnos, en las formaciones constituidas por estas especies, con árboles que muestran caracteres mixtos entre los parentales que los han originado. Personalizar estos híbridos de forma clara, como se hace con las especies de las que proceden, es muy difícil, puesto que son diferentes los caracteres externos que se ponen de manifiesto en cada hibridación.

En el quejigar de Torres nos encontramos con esta situación. Híbridos de quejigo y encina que manifiestan unos caracteres muy marcados. Se trata de ejemplares altos, esbeltos, de tronco robusto, copa amplia, y hojas perennes y brillantes, que por sí mismos ya constituyen árboles singulares.

Esta comunidad vegetal representada por los quejigos, mantiene un sotobosque algo escaso por la poca luz que penetra en su interior. Sin embargo, las especies que lo constituyen manifiestan características bien definidas, que se corresponden perfectamente con la de estos ambientes. Como elementos más significativos podemos reseñar un nutrido grupo de matorrales espinosos, entre los que destacan los rosales silvestres, las aulagas, o el majuelo. En ubicaciones comunes con el coscojar, es decir, en las partes más bajas y más húmedas de las laderas, aparecen arbustos no espinosos; uno de ellos, de hojas trifoliadas, es el jazmín silvestre, llamativo por sus elegantes flores amarillas y sus frutos globosos negros. Otro, aunque menos abundante, las madreselvas, también llama la atención por ser trepador y por sus olorosas y aflautadas flores blancas o rojizas, dispuestas en numerosos y apretados racimos.

Cuando, guiado por la curiosidad, uno se detiene a contemplar con detalle y con diferentes perspectivas, todo este elenco de especies con apetencias ecológicas tan variadas, se da cuenta de la enorme heterogeneidad, y de la marcada complejidad y diversidad de este territorio, en el que, sin embargo, el entorno físico y el biológico se integran de una forma tan peculiar y amena.

Si estas laderas “nortes” que hemos estado comentando hasta ahora, nos muestran contrastes en el ámbito de las especies vegetales del coscojar y de sus relaciones con el medio físico, la imagen que nos proyectan las laderas de solana, como las de la margen derecha de los barrancos de la Fuentecilla y de las Zorreras, es bien diferente; al menos desde un criterio meramente visual, lo cual no deja de ser un contraste aunque con significado y trascendencia diferentes.

En estas laderas, las condiciones cambian. Las calizas afloran constituyendo cortados y las pendientes son, por lo general, mayores. Hay más insolación, menos humedad en el aire y en los suelos, éstos modifican además su composición porque son diferentes también los sustratos de los que proceden. Las variaciones de temperatura son más acusadas a lo largo del día y del año.

El coscojar es menos denso, con ejemplares más dispersos y de aspecto más achaparrado y la superficie presenta menor cobertura vegetal. Llama la atención la reducción en el número de especies acompañantes de la coscoja. Un grupo de ellas, entre las que destacan por su abundancia, romeros, tomillos y las jarillas, son comunes con las de las otras laderas comentadas, pero desaparecen aquellas asociadas a ambientes algo más frescos.

Un comentario particular merecen las laderas situadas en el Cerro de Monte Alto o del Pico del Búho. El afloramiento de yesos, unido a unas disposiciones más o menos soleadas, a pendientes elevadas, y a actividades asociadas al hombre, como el pastoreo, condicionan el tipo de vegetación existente en las mismas. Efectivamente, la existencia de yesos determina hasta tal punto las características físicas y químicas de los suelos, que la vegetación que se desarrolla sobre ellos, ha de estar fisiológicamente preparada para vivir en circunstancias tan especiales. Sólo unas pocas especies lo consiguen desplegando todas sus estrategias adaptativas para colonizar estos lugares y poder hacer frente a sus duras condiciones.

Si por algo se identifica la vegetación que se desarrolla en estas laderas, es por su apariencia externa. El aspecto amacollado de las plantas y una disposición más o menos regular de las mismas, es lo más llamativo de este paisaje tan peculiar. El protagonismo se halla compartido, dependiendo de la zona de la ladera que consideremos, entre especies claramente arbustivas o pequeñas matas, y algunas herbáceas de aspecto o comportamiento matorraloide.

En las partes bajas, el coscojar es la formación más característica. Las coscojas se presentan dispersas y en forma de manchas, constituyendo el estrato vegetal más elevado. Su color verde y brillante contrasta con el de los suelos blanquecinos sobre los que se asientan.

En el mismo lugar, encontramos un arbusto de menor porte, pero tanto o más abundante que la propia coscoja. Su capacidad para acumular sales, ha permitido que tradicionalmente haya sido utilizado en muchos lugares de España para la fabricación artesanal de jabón. Conocida vulgarmente como barrilla, la Salsola vermiculata es una mata rechoncha, con pequeñas y delgadas hojas, dispuestas en grupos apretados sobre enmarañadas ramillas de aspecto grisáceo. Lo más llamativo son sus flores que, en el otoño, dan un bonito aspecto rosado a toda la planta.

En las partes medias y altas de las laderas se sitúa otra comunidad vegetal bien definida, el espartal o atochar. El esparto, Stipa tenacissima, es una herbácea perenne de aspecto matorraloide y abundante en muchas zonas esteparias del centro peninsular. Presenta hojas bastas, enrolladas, largas y muy numerosas y su característica disposición en macollas, le otorga un importante papel en la retención de suelos. Junto a él, suelen aparecer tomillos, y esporádicamente otras especies propias de los yesos. El lino blanco, Linum suffruticossum, una matita de hojas abundantes y lineares y de bonitas flores blancas, el Lepidium subulatum, con el mismo aspecto, pero de flores más pequeñas; y la hierba de las siete sangrías, Lithodora fruticosa, un matorral de hojas pinchudas y de flores azules, son las tres más representativas. La ontina y el ojo de buey (como un candelabro con flores amarillas a modo de pequeños girasoles), también son frecuentes.

El esparto ha sido utilizado tradicionalmente en la fabricación de cuerdas. Por este motivo, su cultivo fue favorecido por el hombre hace ya algunas décadas. Hoy, la actividad económica relacionada con esta planta ha desaparecido y su cultivo abandonado, y aunque se le haya desposeído del “estatus” del que gozaba, el esparto sigue constituyendo un elemento importante de los paisajes esteparios actuales.

Hemos dejado para el final de este capítulo dedicado a las laderas, aquellas plantas que constituyen el estrato herbáceo presente en las mismas. Las razones son varias y puramente personales. Se trata, en principio, de un grupo muy numeroso de especies correspondientes a familias botánicas muy diferentes, y por tanto, con características también muy diversas. Sin embargo, la mayor parte de ellas, salvo unos pocos casos concretos, aparecen más o menos representadas en casi todas las situaciones que hemos venido comentando hasta ahora. Aunque haremos una breve descripción general, nosotros sólo vamos a centrarnos en aquellas especies o grupos que creemos pueden tener un mayor interés.

Algunas de estas especies herbáceas tienen un ciclo de vida corto, son anuales o efímeras; otras, las más, son perennes, aunque también, como las anteriores, pueden no estar visibles en las épocas desfavorables. Pero todas comparten algo en común, el que pese a su apariencia frágil, han desarrollado diferentes estrategias para poder competir con sus vecinos “grandotes” de arriba (árboles y arbustos), y para poder estar presentes otra vez al año siguiente.

En general, predominan especies nitrófilas, plantas que se desarrollan bien en lugares con un exceso de nitrógeno en los suelos. Muchas de ellas son además ruderales. Sus flores suelen ser vistosas, y en cuanto a colores, formas y tamaños, abarcan toda la gama que podamos imaginar. Dentro de este grupo son de importancia algunas familias botánicas: las Compuestas, con sus cardos y margaritas; las Crucíferas con el carraspique blanco, Iberis pectinata, tapizando el campo en primavera con sus hermosos corimbos blancos llenos de pétalos desiguales. Leguminosas y Gramíneas completan este plantel.

Son características también otras especies herbáceas propias del piso del encinar o de sus etapas de sustitución. Entre ellas, las lechetreznas, rodeadas siempre de misterio. Las rudas, de olor desagradable y empleadas antaño como abortivas, o las aristoloquias, de flores con forma de trompeta y hojas acorazonadas. Ambas son alimento para orugas de algunas de las más bonitas mariposas del lugar, la macaón y la mariposa arlequín, como más adelante se describirá en el capítulo dedicado a fauna. Mientras tanto, las pequeñas orquídeas simulan ser abejorros, y manifiestan su talante mediterráneo sin nada que envidiar de parientes más exóticos y más solicitados en las floristerías.

Estos ejemplos a los que nos hemos referido son sólo una pequeña muestra de la interminable lista de especies herbáceas existentes. Describirlas todas podría constituir materia suficiente para escribir otro libro. Sin embargo, sí que nos permite comprobar la estrecha relación de dependencia que se ha establecido entre vegetación y fauna en estos bellos pero complejos ecosistemas mediterráneos.


Especies representativas

Coscoja (Quercus coccifera L.) (Fagáceas)
Arbusto perennifolio de hasta 2 m, ramificado desde la base. Hojas pequeñas, rígidas, coriáceas, muy dentado-espinosas, verdes, lampiñas por ambas caras y brillantes. El fruto es una bellota pequeña, lustrosa, con caperuza córnea y pinchuda. Suele presentar agallas rojas que han sido usadas como tinte.

Espantalobos (Colutea arborescens L.) (Leguminosas)
Arbusto de ramas cenicientas y corteza que se desprende a tiras. Hojas con 3-5 pares de hojuelas y una terminal, caducas, verde claro y escotadas. Flores amarillas con venas rojizas, amariposadas, agrupadas. Legumbre grande pardo-rojiza inflada a modo de vejiga.

Jopillos de seda montés (Staehelina dubia L.) (Compuestas)
Arbusto enano de base leñosa, ramas cubiertas de tomento blanco. Hojas estrechas, de 3 cm de largo algo coriáceas, haz verde oscuro y envés tomentoso, enteras o con 2-3 dientecillos. Flores tubulosas escasas, blanco-rosadas, en cabezuelas cilíndricas de 20 por 5 mm, abrazadas por brácteas purpúreas. Tras la floración los frutos recuerdan pinceles.

Estepa blanca, Jara estepa (Cistus albidus L.) (Cistáceas)
Arbusto de hasta 1,5 m de aspecto redondeado y blanquecino. Ramas grisáceas. Hojas aterciopeladas, sésiles, verde-grisáceas por ambas caras, con 3 nervios marcados en el envés. Flores purpúreas o rosadas de hasta 6 cm, con sépalos tomentosos y 5 pétalos arrugados. Cápsula ovoide, peluda, con 5 valvas.

Romero (Rosmarinus officinalis L.) (Labiadas)
Arbusto perennifolio aromático, de hasta 2 m. Ramas erectas marrones. Hojas lineares, coriáceas, revolutas, haz verde y envés blanquecino. Flores en racimos axilares cortos. Cáliz bilabiado, acampanado, tomentoso. Corola azulada, rosada o blanca, hasta 2 cm, con 2 labios, el superior bífido, el inferior con 3 lóbulos, el central mayor.

Jara negra, Jaguarzo morisco (Cistus salvifolius L.) (Cistáceas)
Arbustillo de hasta 1 m. Hojas ovales, rugosas, con pelos estrellados por el haz y reticuladas por el envés. Flores de 3-5 cm de diámetro. Sépalos grandes de aspecto rojizo al igual que el final de las ramillas. 5 pétalos blancos, centro a veces naranja. Cápsulas pequeñas, casi negras, con 5 valvas.

Zamarrilla lanuda (Teucrium gnaphalodes L’Hér.) (Labiadas)
Arbusto enano tumbado y aromático cubierto de densa lanosidad blanca o verde-amarillenta. Hojas opuestas semiabrazadoras, oblongas de 20 x 2 mm, con incisiones diminutas. Flores unilabiadas, blancas o rosadas en cabezuelas solitarias o grupos densos.

Jarilla, Heliantemo peloso (Helianthemum hirtum (L.) Mill.) (Cistáceas)
Arbustito de hasta 45 cm. Hojas opuestas, lineares, estipuladas, verde oscuras, algo brillantes, haz y envés con pelos estrellados, éste densamente. Flores amarillas, con 5 pétalos y sépalos con costillas gruesas. Fruto en cápsula de 3-4 mm, con 3 valvas.

Quejigo, Roble (Quercus faginea Lam.) (Fagáceas)
Árbol o arbusto marcescente de corteza resquebrajada grisácea. Copa desgarbada. Hojas oval-elípticas de tamaño variable, haz lustroso, envés ceniciento, margen algo dentado triangular. Bellota con cúpula tomentosa, de escamas lanceoladas u ovaladas.

Madreselva (Lonicera etrusca Santi.) (Caprifoliáceas)
Arbusto trepador, hasta 3 m, con ramas sarmentosas a menudo con rojizas. Las jóvenes pubescentes. Hojas elípticas, opuestas, algo glaucas, las superiores soldadas por pares. Flores hasta 4,5 cm, en glomérulos pedunculados de 10 o más, olorosas, con tubo largo y estrecho de interior amarillo y por fuera rojo, que acaba en 2 labios amarillentos. Estambres salientes. Fruto en baya roja.

Encina (Quercus ilex ssp. ballota (Desf.) Samp.) (Fagáceas)
Árbol siempre verde, de 8-12 m de altura, longevo, madera dura y pesada. Copa densa y redondeada. Hojas simples, elípticas, espinoso-dentadas, haz verde oscuro, envés con borra grisácea, pecioladas. Amentos masculinos amarillos. Bellota dulce.

Jara pringosa (Cistus ladanifer L.) (Cistáceas)
Arbusto hasta 2-3 m, oloroso. Ramas pegajosas sobretodo en verano por la presencia de ládano. Hojas linear-lanceoladas, sin peciolo, verde oscuras por el haz y envés algo tomentoso. Flores grandes de 5-10 cm, con 3 sépalos, 5 pétalos blancos a menudo con manchas púrpuras en su base. Fruto en cápsula globosa, tomentosa, con 10 gajos.

Estepa (Cistus laurifolius L.) Cistáceas)
Arbusto denso, hasta 2 m, aromático, algo pegajoso. Corteza gris, se desprende en tiras rojo-parduscas. Hojas pecioladas, oval-lanceoladas, margen ondulado, con 3 nervios marcados en el envés. Flores de hasta 6 cm de diámetro, en umbelas con largo peciolo. Pétalos con base amarillenta. Cápsula con 5 valvas.

Gayuba (Arctostaphyllos uva-ursi (L.) Spreng.) (Ericáceas)
Mata rastrera tapizante de hojas verde oscuras, lustrosas y coriáceas, hasta 2 cm, ovales, de borde liso, algo más pálidas por el envés. Flores blanco-rosadas, urceoladas, en racimos laterales. Fruto en drupa, globular, rojo brillante.

Esparto (Stipa tenacissima L.) (Gramíneas)
Herbácea perenne, robusta. Forma macollas grandes. Hojas enrolladas de 1 mm de anchura, largas. Panícula densa de hasta 40 cm, erecta, sobresaliendo de la macolla. Glumas grandes, glumillas pelosas, con arista acodada de 5 cm y base retorcida.

Hierba de las pecas (Lepidium subulatum L.) (Crucíferas)
Mata muy ramificada de hasta 60 cm, de hojas enteras y lineares, cortas, parecidas a las de los tomillos, muy numerosas y apretadas a lo largo de las ramillas. Flores pequeñas, blancas y abundantes.

Lino blanco (Linum suffruticosum L.) (Lináceas)
Mata perenne de base leñosa, muy ramificada. Hojas lineares estrechas, hasta 1 x 20 mm, margen enrollado, rígidas y ásperas. Grandes flores con 5 pétalos blancos de hasta 3 cm, con base amarilla, rosada o violeta. En ocasiones los pétalos aparecen enrollados en un embudo espiral.

Asperón (Lithodora fruticosa (L.) Griseb.) (Boragináceas)
Llamada también hierba de las 7 sangrías. Arbusto leñoso con ramas tortuosas y tallos grisáceos. Hojas blanquecinas de 1,5 cm, lineares, setosas. Flores terminales escasas, azules, embudadas, de 1 cm. Tubo doble de largo que el cáliz.

Barrilla (Salsola vermiculata L.) (Chenopodiáceas)
Arbusto de hasta 1 m, chaparro. Hojas delgadas de hasta 1 cm de largo, aisladas y en fascículos. Tallos cubiertos de pelos blanquecinos. Flores con expansiones aladas de color rosado que permanecen en el fruto.

Ruda (Ruta graveolens L.) (Rutáceas)
Herbácea perenne, hasta 60 cm, glauca y con aroma desagradable. Hojas profundamente divididas, con segmentos foliares delgados y extremos obovados. Flores grandes, de pétalos amarillos y margen ondulado o denticulado. Fruto en cápsula lobulada sobre pedúnculo largo.

Carraspique (Iberis pectinata Boiss.) (Crucíferas)
Herbácea anual, hasta 35 cm, híspida. Hojas inferiores espatuladas, con extremo en forma de peine, las superiores enteras. Flores blancas en densos corimbos, 4 pétalos desiguales, los 2 más externos mayores. Fruto pequeño, redondo, aplastado y con 2 alas laterales.

Aristoloquia larga (Aristolochia paucinervis L.) (Aristoloquiáceas)
Herbácea perenne, con tubérculo. Hojas de base acorazonada y aurículas con seno abierto. Flores erectas 3-5 cm, aisladas en las axilas de las hojas, de color verdoso-pardusco, delgadas, con tubo algo abultado por abajo. Lengüeta final de interior purpúreo menos de la mitad de grande que el tubo.


Zonas húmedas

Desde una perspectiva geográfica, las áreas húmedas ocupan una pequeña parcela dentro del territorio. Sin embargo, la existencia de agua, con carácter permanente en algunas ocasiones, hace de estas zonas enclaves con un gran valor ecológico. Este hecho se constata por varias razones: primero porque su influencia se deja sentir en áreas bastante más amplias de lo que en sí mismas representan; en segundo lugar, porque estas condiciones singulares de humedad permiten el desarrollo de especies freatofitas, que contrastan con la vegetación circundante; por último y como consecuencia de lo anterior, estos ambientes conservadores de humedad constituyen un interesante hábitat y refugio para gran número de animales, desde insectos y anfibios, hasta aves y mamíferos.

Las zonas húmedas con presencia más o menos permanente de agua, se corresponderían con tres manantiales que con mayor o menor trascendencia aparecen asociados a fondos de barranco: La Fuente del Piojo, La Fuente de las Mozas, y La Fuentecilla. Sin embargo, existen otros barrancos cuyas especiales características topográficas constituyen áreas con mayores grados de humedad, que se manifiesta asimismo en las características que presenta la vegetación.

Pese a que sólo la Fuentecilla constituye un arroyuelo con cierta entidad y permanencia, es cierto que estas surgencias constituyen áreas húmedas interesantes desde el punto de vista vegetal. De este modo, se pueden contemplar formaciones arbóreas típicas de bosque de ribera, aunque con un número de ejemplares reducido y, mas que distribuidas en masas, su disposición es, más o menos, lineal.

Lo más normal, no obstante, es encontrarse árboles aislados o en grupos muy reducidos de distintas especies, mezclados junto a otras formaciones de porte más o menos arbustivo o herbáceo, que aparecen bien definidas. Dentro de estas formaciones de sotobosque, aparecen con frecuencia especies introducidas por el hombre que coexisten con aquellas que colonizan de manera natural estos ambientes húmedos.

En el barranco de la Fuentecilla nos encontramos con la única olmeda presente en el territorio. Es un bosquete de jóvenes olmos autóctonos (Ulmus minor), de escasa altura, pues no suelen superar los 5 metros, asociados a ejemplares de otra especie introducida y muy utilizada hoy en día en jardinería (Ulmus pumila).

Rodeándolos, aparecen como salpicados aquí y allá, un conjunto de esqueletos secos de la misma especie, de mayor porte y extensión que los que hoy aún continúan vivos. La grafiosis de los olmos, enfermedad que ha estado a punto de acabar con uno de los árboles más emblemáticos y más utilizados de nuestras riberas, junto con las alteraciones que las actividades del hombre hayan podido causar en el flujo del agua, nos plantea la posibilidad de creer que en otros tiempos este mismo lugar debió de tener mayores cualidades, y la olmeda más categoría e influencia sobre el entorno.

Dejando al margen la olmeda, el resto de la vegetación arbórea que podemos contemplar, aparece como un mosaico de especies diferentes que dan a esta vaguada de la Fuentecilla un carácter singular.

El primero de estos elementos que debemos destacar es el saúco (Sambucus nigra), un arbolillo curioso muy usado en medicina, con tronco claro, de hojas compuestas verde-oscuras. Primero llamativo por sus numerosas flores blancas dispuestas en inflorescencias aplanadas, y luego, por sus frutos negros. Aparecen varios ejemplares en el arroyo de la Fuentecilla, no muy bien conservados y cuya característica principal es que se trata de una especie protegida por la legislación ambiental de la Comunidad de Madrid. Quizá el valor en Torres de la Alameda sea aún mayor, pues se trata de un arbolillo propio de zonas más septentrionales y frescas.

Los chopos constituyen otros integrantes que sobresalen en la Fuentecilla y lo hacen por su elevada altura. Los que aparecen aquí no son autóctonos, sino pertenecientes a una especie introducida en Europa por su cómodo cultivo y el rápido crecimiento que presentan y que además se ha asilvestrado con facilidad. Es un árbol de hojas caducas acorazonadas y de madera blanda, que es utilizado para construir sus nidos por un grupo de aves peculiar, el de los pájaros carpinteros.

Al igual que sucediera con la olmeda, aparecen también dispersos un conjunto de tocones, indicios de una chopera anterior de mayor categoría. Hoy constituyen uno de los lugares ideales para la recolección de una de las setas más apreciadas por los “seteros”, la seta de chopo (Agrocybe aegerita).

El resto de los constituyentes arbóreos de esta zona húmeda, más que de árboles, presentan el aspecto de arbustos o pequeños arbolillos y se corresponden con una combinación de individuos de diversas especies vegetales. En unos pocos casos son componentes naturales de estos medios húmedos, como el majuelo, Crataegus monogyna, una planta espinosa de las Rosáceas de flores blancas y frutos rojos que recuerdan diminutas manzanas. En otros, se trata más bien de especies frecuentes en jardines particulares o urbanos y que por diversos motivos han venido a parar aquí, es el caso de, lilos, higueras y moreras.

En lo que respecta a los estratos arbustivo y herbáceo acompañantes del anterior de mayor porte, podemos decir que están bien representados aunque no son muy exuberantes. En el sotobosque son típicos los matorrales espinosos, constituidos por rosales silvestres y zarzamoras. Entre las herbáceas, más numerosas que los arbustos, destacan diferentes especies. Una de ellas es la Vincapervinca, Vinca major, una planta rastrera, de grandes flores moradas, propia de jardines, pero que aquí aparece tapizando los suelos de los bordes del arroyo de la Fuentecilla en una parte de su recorrido. Otras, más conocidas, son menos aparatosas y llamativas.

Por lo general, en primavera y verano hacen su aparición las flores. Las tan conocidas y utilizadas mentas se distribuyen, aquí y allá, dentro de un mar constituido por juncos churreros, llantén mayor, hierbas de San Antonio, cicutas y muchas otras más. Unas despliegan sus atractivas o aromáticas flores para conseguir el favor de los insectos. Otras, mientras tanto, esperan su momento. En el otoño, la recogida de lo sembrado, los frutos; y en el invierno todo parece muerto, pero sólo es un espejismo, están durmiendo. La primavera siguiente todo vuelve a empezar.

Ciertas especies características del dosel herbáceo del arroyo de la Fuentecilla, aparecen también en la fuente de Las Mozas y en la del Piojo. En estos manantiales, por su disposición, el área de influencia del agua es menor, y sólo algunos matorrales aparecen de forma esporádica y menos importante, majuelos, zarzas y rosales son ejemplos de ellos.

Por último, los fondos de barranco, constituyen también ejemplos claros de zonas húmedas. En ellos, el desarrollo de un tipo de vegetación particular, que abarca desde el estrato arbóreo hasta el herbáceo, pone de manifiesto ambientes más frescos y la existencia de una mayor humedad en el subsuelo.

Las vaguadas húmedas se reconocen, en general, por la presencia en ellas del quejigo. Como acompañante habitual, aunque escaso en número, aparece una especie singular que necesita humedad en el suelo, el acirón o arce de Montpellier, Acer monspessulanum. Es éste un arbolillo fácilmente distinguible por sus hojas largamente pecioladas y con limbo trilobulado y que adquieren un bonito tono rojizo en otoño. Sus frutos alados, son unas características disámaras.

Otros representantes no arbóreos, pero inconfundibles y también exclusivos, son el lampazo, la nueza y la adormidera. El lampazo es una planta herbácea reconocible por sus grandes y anchas hojas, de flores moradas, y con unos frutos globosos y ganchudos, como una canica, muy difíciles de eliminar cuando alguien te los lanza a la ropa. La nueza, Bryonia dioica, es una trepadora con hojas y zarcillos similares a los de la vid, de flores amarillo pálido y frutos redondos rojos. La adormidera es una especie nitrófila propia de lugares húmedos, es la mayor de las amapolas, con grandes flores de color blanco o rosado y una cápsula llamativa muy usada en las floristerías como flor seca.

Para finalizar este apartado mencionaremos, por su belleza, la presencia en estos ambientes de una orquídea diferente a las que aparecen en el coscojar. Es una planta bulbosa (los bulbos, al igual que los rizomas y las trepadoras, constituyen biotipos frecuentes en los ecosistemas mediterráneos), que se caracteriza por sus bonitas y extrañas flores blancas dispuestas en un racimo alargado.
Especies representativas

Olmo (Ulmus minor Miller.) (Ulmáceas)
Árbol de hasta 20 m de corteza pardo oscura, resquebrajada. Hojas simples, alternas, de base asimétrica, margen doblemente aserrado. Flores en glomérulos rojizos. Fruto aplastado en sámara, con la semilla en la parte superior. Hoy escasos por la grafiosis, se ha utilizado y asilvestrado el Ulmus pumila, de sámaras redondeadas y semilla central.

Saúco (Sambucus nigra L.) (Caprifoliáceas)
Arbolillo caducifolio de hasta 6 m. Corteza pardo grisácea con verrugas blanquecinas, maloliente como las hojas. Hojas compuestas, grandes, con 5-7 foliolos oval-lanceolados, aserrados, acuminados. Flores blancas, con estambres amarillentos, en corimbos grandes, densos, y aplanados en el extremo de las ramas. Bayas redondas abundantes, negras y brillantes.

Arce de Montpellier (Acer monspessulanum L.) (Aceráceas)
Arbolillo caducifolio fácilmente distinguible por sus hojas trilobadas, lustrosas por el haz, con los 3 lóbulos enteros, divergentes, casi en ángulo recto entre sí. En otoño adquieren un característico color rojizo. Frutos en disámara con alas paralelas.

Nueza (Bryonia dioica Jacq.) (Cucurbitáceas)
Trepadora herbácea perenne, hasta 4 m, aspecto similar a la vid. Venenosa. Tallos laxos, con zarcillos enroscados parecidos a muelles. Hojas verde mate de hasta 10 cm, profundamente divididas en 5 lóbulos dentados. Flores amarillo-verdosas, con venas verdes. Baya redonda y roja.



Zarzamora, zarza (Rubus ulmifolius Schott.) (Rosáceas)
Arbusto sarmentoso de 2-3 m, con vástagos largos armados de fuertes espinas ganchudas. Hojas con 3-5 hojuelas palmeadas, algo coriáceas, haz verde oscuro y envés blanco, aserradas. Flores blanco-rosadas, pétalos redondeados, muchos estambres. Fruto negro en polidrupa, la zarzamora.

Adormidera (Papaver somniferum L.) (Papaveráceas)
Herbácea anual lampiña, verde-azulada y algo carnosa. Hojas de hasta 12 cm, las superiores abrazadoras. Flores con 4 pétalos grandes blanco-rosados a modo de copa. Cápsula ovalada o redonda de 3 cm.

El páramo

Situado a modo de plataforma en lo alto de las laderas, el páramo ofrece características similares a las que concurren en las zonas bajas situadas al pie de las mismas.

Esta zona, de topografía llana aunque suavemente ondulada, refleja, al igual que sucede en la llanura del pie de monte, la enorme influencia que ha ejercido el hombre y que se pone de manifiesto por la fisonomía actual que presenta. El panorama que hallamos es el de un paisaje eminentemente agrario, repartido casi a partes iguales entre los cultivos herbáceos de cereal con rotaciones de barbecho y leguminosas, y el olivar, constituido por superficies en las que los árboles aparecen dispuestos ordenadamente sobre unos suelos pedregosos y cuidados.

Dentro de este ámbito, la vegetación natural tiene más bien poco que decir, y desempeña un papel secundario ocupando aquellas superficies que la actividad agraria le permite. Se pueden observar, no obstante, un nutrido grupo de especies herbáceas, en general de carácter nitrófilo, conviviendo junto a matorrales típicamente mediterráneos sobre campos de cultivo abandonados. Numerosos y variados cardos morados surgen mezclados con falsas manzanillas de hermosas flores amarillas, y con no menos espinosas aulagas, en un intento baladí de la vegetación por evitar ser derrocada.

Individuos aislados de encina, y en ocasiones de coscoja, emergen en los campos de cereal y en los olivares, contemplado atónitos, pero como orgullosas reliquias del pasado, este monótono e incierto paisaje vegetal.

El resto de la vegetación natural aparece distribuida a modo de estrechas franjas, por los linderos de las diferentes parcelas de cultivo y en sus límites con las laderas. Las diferentes especies o sus comunidades, así como sus características, han sido ya descritas para otras situaciones similares.
















LOS HONGOS

Si hasta ahora hemos incidido en la importancia de la conservación de este ecosistema de bosque y se han explicado los componentes que lo estructuran, desde los árboles, pasando por los arbustos hasta las herbáceas, no debemos olvidar que existen más elementos de gran importancia y valor ecológico, tan es así que constituyen un reino aparte: los hongos.

Unos pequeños apuntes nos ayudarán a comprender mejor el mundo de los hongos que por su importancia ecológica, comentada anteriormente, y por el creciente interés que los aficionados al paseo muestran por recolectar los considerados como ”frutos del bosque” los hacen dignos de figurar en un apartado especial.

En tiempos de dominio romano, el interés que existía por la recolección de setas, hizo que su comercio tuviese que ser regulado por las leyes. A pesar de este gran interés nacido en épocas remotas, es de todos conocido, que no todas las setas son comestibles y que su grado de comestibilidad no va asociado ni a su color, más o menos llamativo, ni a su forma. Por el contrario, el mundo de las setas abarca desde la obra del diablo ("Boletus satanás") hasta el manjar de los césares (“Amanita cesarea”). Todas estas creencias, muchas fundadas, aunque otras no, han creado un mundo apasionante alrededor de este reino, fundamental para la supervivencia de cualquier ecosistema.

La diversidad de setas depende en gran parte, de la riqueza de la vegetación y de los suelos que junto con las condiciones climáticas van a crear un ambiente propicio para ellas. Los hongos, en general, juegan un importante papel en el mantenimiento del equilibrio del bosque por la presencia de ejemplares saprófitos y parásitos. Los primeros, requieren de animales o plantas muertos a los que digieren absorbiendo sus componentes orgánicos. Los segundos, en cambio, viven sobre o en el interior de animales o plantas vivos llegando a ocasionar daños al huésped. No obstante muchas especies de hongos han llegado a un grado de relación de tolerancia con su huésped que ha dado lugar a una interdependencia entre dos o más individuos. Esto se conoce con el nombre de simbiosis (trufas).

Los hongos que más nos llaman la atención a la mayoría de visitantes de un espacio natural como el monte de Torres, pertenecen al grupo de los hongos superiores y concretamente a los Basiodiomycetes. En este grupo se encuentran los champiñones, las amanitas, los parasoles, los pedos de lobo, las setas de cardo y de chopo y los parásitos de árboles que simulan pezuñas de caballo, conocidos como hongos yesqueros por su poder calorífero.

Estos hongos superiores del grupo de los Basiodiomycetes, de complicada estructura, presentan en general unas características comunes respecto a la manifestación como cuerpo fructífero, lo que coloquialmente denominamos seta, en la que se van a distinguir diversas partes : el sombrero, el pie, y las láminas, si las posee.

En el bosque representado por el coscojar con encinas, así como el quejigar, junto con las partes más húmedas de la zona de estudio, constituida principalmente por la barranca de la Fuentecilla, con formaciones boscosas diferentes a los bosques de su entorno (bosques de ribera) podemos encontrarnos con diversas especies de setas.






Especies representativas

Oronja blanca ( Amanita ovoidea)
Especie poco común presente en ambientes de encinar con suelo básico. Es comestible pero de baja calidad.

(Amanita echinocephala)
Especie poco común que puede verse en terrenos calcáreos. Presenta poco interés culinario. De color blanco con reflejos verduscos.

Seta de chopo (Agrocibe aegerita)
Especie relativamente frecuente que puede encontrarse por ejemplo en tocones y troncos de chopo. Es muy buena comestible.

Pie azul (Lepista nuda)
Especie relativamente frecuente en los bosques mediterráneos. Es característico de esta seta su coloración violácea tanto en sombrero como en el pie y las láminas.

LA FAUNA

El área de estudio que nos ocupa, dentro del término municipal de Torres de la Alameda, constituye un reducto para las especies representativas del ecosistema mediterráneo.

La fauna existente se caracteriza por su diversidad, reflejo claro de la presencia de diversos ambientes. Sin embargo aunque los animales no se distribuyen con arreglo a límites territoriales, sí muestran preferencias ambientales para desarrollar sus funciones vitales ( alimentación, reproducción, relación.)

Las unidades paisajísticas que nos encontramos se relacionan con los diferentes ambientes tal y como puede apreciarse en el siguiente esquema:

Dejando el pueblo y por la colada de Alcalá a Torres, los campos de cultivo nos rodean. Es frecuente observar muy cerca de nosotros un ave de alas estrechas y cola larga rastreando los campos de cereal en busca de ratones e insectos. Es el aguilucho cenizo, que sólo nos va a acompañar durante su época de cría (primavera-verano).

De vez en cuando estos campos se ven salpicados de árboles, como el almendro y el olivo. Es la zona de las urracas. Muchas veces, en su época de cría se las observa atareadas tratando de expulsar de las proximidades de sus nidos a una especie de cuco, llamado críalo, que las parasita, dejando su huevo en el nido de las urracas para que éstas lo críen.

Mientras, de manera continua, desde el suelo, nos acompaña el familiar e insistente canto de la rechoncha y encrestada cogujada común. Su voz se mezcla, en primavera, con el canto chirriante del triguero, fácil de localizar al posarse en los puntos altos de árboles y arbustos.

En invierno la reunión se amplía encontrándonos con bandos mixtos de pardillos, verderones y jilgueros junto a grupos numerosos de alondras.

Siguiendo el camino del monte vemos la diferencia entre una ladera de solana y una de umbría. La diferente insolación, junto con la cobertura vegetal que presentan, determina la existencia de ambientes muy diferentes.

Las laderas soleadas, despejadas de vegetación, son el paraíso de gran número de reptiles.

Calentándose al sol encontramos dos culebras diferentes que, a pesar de su gran tamaño y aspecto agresivo, son excelentes saneadores del campo al ser los roedores su principal base alimenticia. Son la culebra bastarda y la culebra de escalera.

En laderas soleadas con más cobertura vegetal se aprecia la gran actividad de unos pequeños pájaros difíciles de observar por su carácter huidizo, pero fáciles de escuchar: las currucas. Algunas de ellas nos acompañan todo el año, como la curruca rabilarga y la curruca cabecinegra, y otras, sólo las vamos a percibir durante su época de cría; es el caso de la curruca carrasqueña y la curruca tomillera.

Entrando y saliendo de esta maraña vegetal observamos al conejo, una de las especies más importantes del ecosistema mediterráneo, ya que es la presa de la mayoría de los depredadores del mismo.

A pesar de ser una especie con una descendencia numerosa y con un alto grado de adaptación a distintos ambientes, está siendo severamente castigada por dos enfermedades: la mixomatosis y la neumonía hemorrágica vírica. La debilidad que dichas enfermedades provocan en las poblaciones de conejo, está siendo aprovechada por depredadores oportunistas como el milano negro y el zorro.

Entre los reptiles, no todos requieren una exposición continua al sol, algunos van a preferir el cobijo entre la cubierta vegetal, es el caso de la lagartija colilarga, presa fácil de rapaces y culebras.

Otro reptil que comparte el mismo lugar y que también desarrolla su actividad en el suelo es el lagarto ocelado, el de mayor tamaño de la Península Ibérica. Requiere mayor exposición al sol y aunque de hábitos terrestres, si es molestado, no duda en trepar por los árboles y arbustos más próximos.

Frente a la ladera soleada, se encuentra la de umbría, caracterizada por su mayor humedad y por la presencia de vegetación de mayor tamaño (quejigos, encinas).

La sombra y el frescor de esta zona crean el ambiente preferido, sobre todo en época estival, para muchas de las especies animales. Destaca la presencia de aves típicamente forestales, bien sean depredadoras, como el azor y el ratonero común, o bien insectívoras, como el herrerillo común, el mito, o el reyezuelo listado, así como la presencia del córvido de los bosques: el arrendajo, que aunque esquivo, llega ser muy ruidoso y fácil de localizar.

En estas laderas frescas descansan, durante el día y también principalmente en verano, vertebrados de gran tamaño como el corzo y el jabalí.

A medida que ascendemos por el fondo del valle, las barrancas se van estrechando. Esta característica, unida a la presencia de puntos de agua (Fuente de las mozas, La Fuentecilla), hacen de estas zonas el hábitat adecuado e indispensable para especies que dependen de ella: los anfibios. Unos son fáciles de observar durante su época de reproducción y en noches lluviosas, como sucede con el sapo común, el sapillo pintojo o el sapillo moteado. Otros, como la rana común, pueden verse y escucharse a todas horas y durante la mayor parte del año.

Un reptil que también necesita de ambientes húmedos con presencia de agua es la culebra viperina.

Muchos animales requieren de la cita diaria con los puntos de agua de la zona y, en sus aledaños, terrenos de consistencia blanda, es donde van a dejar impresas sus huellas. Este es el caso de la garduña, el zorro, el jabalí y el corzo.

La migración parcial de animales hacia las escasas zonas húmedas, sobre todo en época estival, es un hecho a destacar. Así se puede observar cómo numerosas mariposas de hábito diurno acuden a estos bebederos naturales, que se convierten en sitios adecuados para la observación y el estudio de estos invertebrados.

Aunque grandes desconocidos, las mariposas diurnas son excelentes indicadores o informadores de la calidad ambiental de un área, encontrándonos en ésta con especies extremadamente escasas en el resto de la Península, y que por ello están protegidas por la ley, como sucede con la Iolana iolas y la Zerynthia rumina.

Cuando la pendiente del terreno alcanza su valor máximo, da lugar a los cortados y taludes, normalmente de naturaleza caliza, prácticamente carentes de vegetación y de difícil acceso para un gran número de animales. Es el lugar elegido para la reproducción por algunas aves como el cernícalo vulgar, el roquero solitario, la collalba negra, el mochuelo común y el maltratado búho real.

Junto a estas aves se encuentra la lagartija ibérica aprovechando las fisuras del terreno para desarrollar su actividad.

Finalizamos el trayecto en el punto más alto de nuestro recorrido: el páramo. Es un área muy influenciada por la actividad humana donde nos encontramos con cultivos de cereal y olivares. Va a ser una zona muy expuesta a los rigores climáticos y el hábitat adecuado para especies esteparias como el sisón.

En invierno estos olivares son ocupados por numerosos grupos de zorzales, como el zorzal común y el zorzal charlo , así como por las palomas torcaces.

En las escasas encinas que quedan en los campos de cultivo puede escucharse el dulce canto de la totovía, posada en los puntos más altos.

Es en estos campos de cultivo del páramo donde se observa la actividad de una pequeña lagartija de coloración verdosa con pequeñas manchas ocres: es la lagartija cenicienta.

A continuación se presentan las características principales de los diferentes grupos animales que tienen presencia en Torres:

- LEPIDÓPTEROS (Mariposas diurnas)
- ANFIBIOS
- REPTILES
- AVES
- MAMÍFEROS


Lepidópteros (Mariposas Diurnas)

La dependencia que muestra una mariposa en fase de oruga con una vegetación determinada, convierte a este grupo de insectos en uno de los mejores indicadores ambientales existentes.

Por ello, ver una determinada mariposa volando, no sólo constituye un elemento más que embellece el paisaje, sino que además, su presencia nos confirma la existencia de una determinada planta o vegetación, y a su vez, nos informa sobre las condiciones de clima y suelo que requiere la mariposa.

Torres de la Alameda se encuentra dentro de una de las áreas de mayor interés entomológico de la Comunidad de Madrid y el área de estudio, un auténtico reducto de especies del grupo de las mariposas diurnas. Las manchas bien representadas de vegetación mediterránea que subsisten en esta localidad, van a constituir enclaves en los que se permite la supervivencia de un buen número de lepidópteros, la mayor parte de ellos endémicos.

La relación entre la planta nutricia y la oruga llega a ser tan estrecha que algunas de estas especies presentes sólo se alimentan de una especie de planta. Este equilibrio es tan frágil que cualquier alteración en el hábitat puede traducirse en una disminución, e incluso desaparición, de algunas de las mariposas de la zona.

Especies representativas

Arlequín (Zerynthia rumina) (Papiliónidos)
Especie clasificada como de interés especial en el Catálogo de especies amenazadas de la Comunidad de Madrid. Su oruga se alimenta de plantas del género Aristolochia. Asociada a laderas frescas y fondos de barranco donde se encuentra la planta huésped. El adulto liba en laderas floridas de romeros y tomillos.

Espantalobos (Iolana iolas) (Licénidos)
Sus poblaciones han pasado por un estado crítico, de allí que actualmente está protegida según el Decreto num. 18/1992 y catalogada como especie amenazada sensible a la alteración de su hábitat. Su oruga sólo se alimenta de las semillas tiernas del espantalobos, crisalidando en el suelo debajo de la planta nutricia. Vuela de Mayo a Junio.

Doncella española (Euphydrias desfontanii) (Nimfálidos)
Protegida según el Decreto núm. 18/1992 como especie amenazada sensible a la alteración de su hábitat. Se alimentan del género Cephalaria. Vuela de Mayo a Junio.

Además de las mencionadas anteriormente que se encuentran catalogadas como especies amenazadas, cabe destacar la presencia de otros componentes típicos de ecosistemas mediterráneos como:

Limonera (Gonepteryx rhamni) y Cleopatra (G. cleopatra) (Piéridos)
Conocidas con el nombre de “limoneras” por su color amarillo intenso. Sus orugas se alimentan de plantas como el Rhamnus sp. Invernan como adulto.
Macaón (Papilio machaon) (Papiliónidos)
Mariposa llamativa por su coloración y tamaño. Se puede ver volando de Mayo a Octubre bien en zonas abiertas como los campos de cultivo, depositando sus huevos en el hinojo, o bien en la zona del coscojar depositando sus huevos en la olorosa Ruda (Ruta graveolens).

(Melanargia lachesis) (Satíridos)
Es la mariposa más frecuente de la época estival. Su color blanco con manchas negras formando un ajedrezado las hace inconfundibles. Se alimenta de gramíneas.

Chupaleche (Iphiclides podalirius) (Papiliónidos)
Hermosa mariposa de tamaño considerable que podemos ver entre marzo y septiembre revoloteando entre los árboles frutales, base alimenticia de las orugas, sobre todo los del género Prunus (almendros, etc.).

Por último, tenemos que nombrar especies que aun no estando protegidas por la legislación actual, ven cada vez más disminuida su población por lo que pueden verse incluidas en próximas legislaciones. Es el caso de:

Zegris (Zegris eupheme) (Piéridos)
Mariposa cada vez más escasa a causa de la alteración por parte del hombre de las áreas donde se alimenta la oruga, crucíferas como Sysimbrium sp. Destaca su vuelo rápido y potente en zonas abiertas y bordes de campos de cultivo.

Ninfa de arroyos (Limenitis reducta) (Nimfálidos)
Conocida como Ninfa de los Arroyos por su elegancia y belleza y por tener preferencia por zonas húmedas. Su oruga se alimenta de las madreselvas (gén. Lonicera). De color azul intenso con manchas blancas.

Anfibios

La situación actual de la mayoría de especies de anfibios de la Península Ibérica es mala debido, principalmente, a la alteración y destrucción de sus hábitats. De ahí la importancia de las poblaciones de Torres de la Alameda.

El clima al que está sometido Torres de la Alameda no es tampoco el más favorable para el desarrollo de los anfibios, siendo por tanto muy difícil su observación.

Estos animales suelen localizarse en los escasos puntos de agua y zonas húmedas existentes: Fuente de Las Mozas, Barranco de la Fuentecilla , Fuente del Piojo. Es en estas zonas donde, en época de cría y días lluviosos, pueden observarse especies que actualmente están en franca regresión en la Comunidad de Madrid: sapillo pintojo meridional, sapo común, sapo partero común y sapillo moteado. También pueden encontrarse otras especies más comunes como la activa rana común y el sapo corredor.
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La mayoría de las especies han sabido adaptarse al clima mediterráneo extremo, no sólo resistiendo inviernos fríos (invernación) sino también, los largos períodos de sequía estival (estivación), escondiéndose bajo piedras, en grietas o en huecos del terreno. Algunas de ellas sólo requieren charcas temporales para reproducirse, como es el caso del sapo corredor.

Especies representativas

Sapo corredor (Bufo calamita) (Bufónidos)
Especie frecuente de hábito nocturno. Durante el día se esconde bajo piedras. Se reproduce en pequeñas charcas, ya que tiene una gran velocidad de desarrollo larvario. Tiene un gran tamaño, iris de color verde amarillento y parótidas paralelas.

Sapo partero común (Alytes obstetricans) (Discoglósidos)
Especie en situación crítica en la Comunidad de Madrid. Resiste lugares secos, bajo piedras. Su canto es semejante al del autillo. El macho una vez fecunda los huevos se los enrolla en las patas posteriores envueltos en gelatina llevándolos consigo hasta que se desarrollan. En ese momento los desprende en el agua.

Sapillo pintojo ibérico (Discoglossus galganoi) (Discoglósidos)
Pequeño anfibio típico de zonas calizas. Se encuentra en zonas de remansos de arroyos. Las puestas son entre marzo y abril. Ante el acoso se refugian en la vegetación próxima o bajo el fango del lecho de agua.

Sapo común (Bufo bufo) (Bufónidos)
Cada vez menos común por la alteración creciente del hábitat. Presente en Torres de la Alameda en zonas húmedas del Barranco de la Fuentecilla. En época de reproducción se encuentra activo durante el día. Iris de color rojo y parótidas divergentes. Pueden alcanzar un gran tamaño.

Sapillo moteado (Pelodytes punctatus) (Pelodítidos)
Anfibio de pequeño tamaño. Sus ojos saltones con pupila vertical son indicadores de su actividad nocturna. Difícil de ver, salvo en épocas de reproducción (de finales de Febrero a primeros de Abril). Se encuentra próximo a manantiales y arroyos remansados.

Rana común (Rana perezi) (Ránidos)
Especie frecuente y fácil de observar y escuchar durante gran parte del año tanto de día como por la noche.

Reptiles

Las leyendas infundadas sobre algunos reptiles han dado base a un rechazo popular que, a día de hoy, perdura en algunos núcleos de población. Los mayores conocimientos de este grupo de animales y su difusión en diversos programas de educación ambiental, han supuesto un cambio de actitud, e incrementado el interés por ellos.

Al requerir una determinada temperatura para activarse es obvio que los reptiles prefieren, en general, ambientes soleados y calurosos. Torres de la Alameda constituye, por tanto, un territorio muy favorable para el desarrollo de su actividad.

Las especies presentes en el área de estudio van a ocupar diferentes medios. En las laderas soleadas y despejadas de vegetación se localizan las especies más termófilas, como la culebra de escalera y la culebra bastarda, así como una pequeña culebra cuya base alimenticia son pequeños reptiles: la culebra lisa meridional.

En zonas con vegetación y entre la hojarasca, nos encontraremos a la lagartija colilarga y al lagarto ocelado, aunque éste último va a requerir de una mayor exposición al sol. Ambas especies de reptiles no dudan en trepar al ser acosados.

Las laderas con matorral bajo, como tomillares, romerales, espartales, o los bordes de campos de cultivo, son el medio ideal para la pequeña lagartija cenicienta que, aunque abundante, pasa desapercibida por su mimético color.

En los escarpes rocosos y cortados, introduciéndose entre las grietas, localizaremos a la lagartija ibérica.

Caso aparte es la mención de la inofensiva culebra viperina que normalmente se encuentra asociada a zonas próximas al agua.


Especies representativas





Lagartija colirroja (Acanthodactylus erythrurus) (Lacértidos)
Lagartija de suelo, fácil de observar en los caminos de tierra y laderas de yesos con escasa vegetación. Llaman la atención sus rápidos movimientos con la cola levantada.

Lagartija colilarga (Psammodromus algirus) (Lacértidos)
Lagartija de suelo de tamaño considerable que posee una cola que mide hasta dos veces la longitud del cuerpo. Son típicas de su diseño las líneas del dorso.

Lagartija ibérica (Podarcis hispanica) (Lacértidos)
Ocupa las zonas rocosas de calizas y yesos. Se pueden ver activas en días de invierno. Desarrollan su actividad en huecos y fisuras de las rocas.

Lagarto ocelado (Lacerta lepida) (Lacértidos)
Lagarto de grandes dimensiones. Cuerpo robusto de color verdoso con ocelos azules en los costados. Se puede observar en zonas soleadas de encinares y coscojares. Especie de suelo y a veces trepadora.

Lagartija cenicienta (Psammodromus hispanicus) (Lacértidos)
Pequeña y rápida lagartija propia de zonas de matorral despejado y campos de cultivo.


Culebrilla ciega (Blanus cinereus) (Anfisbénidos)
Único reptil con aspecto semejante a una lombriz de tierra que se ha adaptado a la vida subterránea, por lo que tiene los ojos atrofiados. Fácil de encontrar bajo piedras.

Culebra de escalera (Elaphe scalaris) (Colúbridos)
Su nombre se debe a que los jóvenes presentan en el dorso un diseño similar a una escalera. Habita en zonas despejadas de vegetación y soleadas. Se alimenta de vertebrados de pequeño tamaño pudiendo incluso trepar a los árboles.

Culebra bastarda (Malpolon monspessulanus) (Colúbridos)
Culebra que puede llegar a los dos metros. Aunque de aspecto agresivo, come ratones y ratas, por lo que se le considera un saneador del campo.

Culebra lisa meridional (Coronella girondica) (Colúbridos)
De pequeño tamaño, vive en laderas con yesos y escasa vegetación. Se alimenta de lagartijas.

Culebra viperina (Natrix maura) (Colúbridos)
Culebra presente en zonas próximas a puntos de agua. Es activa en días soleados de gran parte del año. El sobrenombre de viperina alude a la similitud que muestra esta inofensiva culebra con la víbora, al presentar una cabeza triangular y bufar como ella.

Aves

Es el grupo más diverso y fácil de observar dentro del grupo de vertebrados.

Las aves que se encuentran en este área de estudio pueden estar presentes: todo el año (residentes), en época de reproducción (estivales); utilizando este área de invernada (invernantes), o bien, que sólo se les pueda observar en los pasos migratorios (de paso).

Aunque muestran mayor movilidad que cualquier otro grupo de vertebrados y cabe pensar que no atienden a ningún tipo de límite territorial, muestran preferencias por determinados biotopos, ya sea para reproducirse, alimentarse o refugiarse.

En función de la época del año en la que se encuentran presentes y de la actividad que van a desarrollar, las áreas preferentes son las siguientes:

cortados: espacios concretos de difícil acceso utilizados para la cría por aves como el roquero solitario, la collalba negra, el cernícalo vulgar, el mochuelo, la grajilla, la chova piquirroja y el búho real, entre otros.

coscojares y encinares: maraña arbustiva que ofrece el hábitat perfecto para aves de carácter esquivo como la curruca cabecinegra, la curruca rabilarga y la curruca carrasqueña.
En las zonas más despejadas de esta maraña y utilizando los puntos más altos como posaderos, localizamos al alcaudón común y al alcaudón real, así como a los verderones y verdecillos que ocupan los bordes de este bosque.

quejigares: formaciones vegetales de mayor porte situadas en las laderas frescas de umbría, que constituyen el hábitat ideal para muchas aves típicamente forestales. Entre éstas encontramos a un grupo muy numeroso de aves insectívoras como el herrerillo común, el mito, el reyezuelo listado, el carbonero común, el papamoscas gris y el mosquitero común.
Otras, con una estrategia alimentaria diferente, son, por ejemplo, el pinzón vulgar, el arrendajo y rapaces como el azor y el gavilán.

Fondos de barranco: aquí la humedad es mayor y aparece una vegetación semejante a la de ribera. Es el único punto donde podemos observar especies como el pito real, el ruiseñor común, el mosquitero papialbo, el ruiseñor bastardo, la curruca capirotada y, en las proximidades del agua, la lavandera cascadeña. Otras aves que prefieren la frondosidad de los árboles de esta zona son la oropéndola, el autillo y el ratonero común.

Campos de cultivo: ocupan la mayor extensión de terreno en el área de estudio. Allí se encuentran especies típicas dependiendo de la época del año. Por ejemplo, en primavera y verano, el aguilucho cenizo, el triguero, la cogujada común, el buitrón, las urracas y el críalo son los habitantes más frecuentes. En invierno presenciamos el aguilucho pálido, los bandos mixtos de jilgueros, pardillos comunes, verderones y verdecillos, grupos de alondras y perdices.

Laderas de matorral arbustivo bajo: son las zonas de cría de la cogujada montesina, el pardillo común, la curruca tomillera, el escribano montesino y la collaba gris.

Todas estas áreas son campeadas habitualmente por rapaces como el águila real, el águila culebrera, el ratonero común y el águila calzada.


Mamíferos

A pesar de su número, podríamos asegurar que los mamíferos son las criaturas más difíciles de observar y de estudiar en éste área.

Su carácter esquivo y huidizo y su comportamiento crepuscular y nocturno, hacen de ellos un grupo con una actividad diurna muy limitada, razón por la que su visualización resulta prácticamente imposible para el visitante. Sin embargo, su existencia se hace evidente por la presencia de señales en el territorio.

Jabalí (Sus scrofa) (Suidos)
Diariamente acuden a los terrenos blandos a su cita con la baña. Las consecuencias de este hábito diario son fáciles de presagiar. Tras rebozarse en el barro, dejando un gran socavón, se frotan enérgicamente en las encinas más próximas, incrustando sus coriáceos pelos en la corteza del árbol y marcando una banda de barro en la base del mismo. Durante esta actividad el jabalí marca sus pezuñas en el suelo dejando allí impresas sus inconfundibles huellas.

El jabalí ocupa gran parte de su jornada en la búsqueda de alimento, hozando el terreno con su jeta hasta obtener su recompensa: bellotas, raíces, hongos. En este proceso levanta el terreno dejando desde pequeños surcos hasta enormes hoyos en la tierra.

Corzo (Capreolus capreolus) (Cérvidos)
Auténtico fantasma del monte de Torres de la Alameda. Su clara y particular relación con las escasas zonas húmedas presentes, que visita en horario nocturno, nos facilita la búsqueda de sus marcas y huellas. Sus estrechas pezuñas se clavan en el terreno, y estas marcas, junto con sus pequeños y cilíndricos excrementos, constituyen una prueba fehaciente de su presencia en este territorio.

Más difíciles de encontrar, aunque también posible, son las escodaduras que dejan en los árboles. Estas incisiones que realizan sobre los árboles con su cornamenta obedecen a dos razones: la primera, para desprenderse de la borra o terciopelo que recubre sus cuernos, la segunda por su agudo sentido de la territorialidad, principalmente durante la época de celo.

Zorro (Vulpes vulpes)
Animal cauteloso que pasa normalmente desapercibido. El acoso constante del hombre sobre el medio explica su recelo ante éste, detectando nuestra presencia con sus desarrollados sentidos, especialmente el oído y el olfato.

En sus áreas de campeo es frecuente descubrir sus excrementos situados en promontorio, puntos altos de piedras y arbustos. La finalidad de esta colocación es demostrar su territorialidad.

La coloración de los excrementos es variable dependiendo de su alimentación. Cuando su base alimenticia son los frutos del rosal (escaramujos) y otros frutos otoñales, sus heces aparecen coloreadas. En verano, es normal encontrar restos de escarabajos entre las heces, y quizás, la coloración más sorprendente es el color blanco que presentan los excrementos cuando los animales ingieren gran cantidad de huesos.

Sus huellas impresas en los yesos y arcillas de las zonas húmedas son otra prueba evidente de su presencia.
Garduña (Martes foina)
Unos excrementos largos y estrechos, en forma de embutido, nos señalan el recorrido nocturno que con frecuencia diaria recorre la garduña. Este carnívoro pasa gran parte del día en los huecos de rocas y altos árboles del monte. Solitaria, se alimenta principalmente de frutos silvestres, insectos y micromamíferos.

Conejo (Oryctolagus cuniculus)
Aunque es de hábitos nocturnos, suele moverse por la zona durante el día, siendo por ello más fácil de observar que otros.
Buscando suelos blandos para construir sus madrigueras, este activo animal va dejando múltiples señales en el territorio, como cagarruteros, excavaciones donde buscan tiernas raíces, o huellas. Todas ellas ponen de manifiesto la mayor o menor abundancia de este prolífico animal que, al ser la base alimenticia de la mayoría de los grandes depredadores, constituye una pieza clave de los ecosistemas mediterráneos.

2 comentarios:

PlumaMetalica dijo...

impresionante.
Qué buen trabajo enhorabuena.

AlehOp dijo...

Hola ! Me gustaría saber si tienes Instagram, Facebook o algún perfil público para poder contactar. Gracias